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sábado, 8 de julio de 2017

#FINDECREATIVO03 - PROPUESTA

Preparando #FindeCreativo03. Para todo aquel que tenga intención de participar: ¿Qué canción te gustaría escuchar por última vez antes de un hipotético fin del mundo? 😅😱
Escoge una canción y utiliza su título para titular el relato, de temática libre y con una extensión máxima de 1 página. Se deberá de entregar como muy tarde el próximo jueves.

Imagen: Pixabay


viernes, 7 de julio de 2017

AIRES - TONI MASCARELL TORRES

Aquel libro en la mano, le confería un aire de intelectual sin precedentes. Al musitarle aquellas frases, esperaba que ella elevara su culo en pompa, y se le subiera a la cabeza; aunque, la reacción no fue como se esperaba, y la burbuja Freixenet reventó de aburrimiento.

Texto: Toni Mascarell TorresImagen: Pixabay 



 

DESDE MI VENTANA - JUAN CASERO


Les veía desde mi ventana, ella con una dolencia que le envió el diablo. Su piel no soportaba el aire, solo el agua la calmaba; su vida fuera del agua era como la de una sirena, condenada al dolor. Pasaba horas, días, meses en esa bañera, esa prisión que le protegía del dolor. Él la cuidaba, la acariciaba, le daba de comer, le sujetaba su cabeza para poder dormir; era otro prisionero, pero parecía feliz, siempre sonriente. Le veía leerle durante horas, ella escuchaba. Su mundo eran esas historias, vivía cientos de aventuras, con sus ojos cerrados. Su voz le hacía vivir otras vidas más felices. Sonó el teléfono, él se levantó para atenderlo. Con un poco de la vergüenza de cuando haces algo indebido, tomé mis prismáticos, invadí su espacio, Quería saber cuál era ese libro maravilloso que contenía cientos de historias tan maravillosas. Lo que vi mojó las lentes de esos prismáticos con mis lágrimas, ese libro estaba en blanco.


Texto: Juan Casero
Imagen: Pixabay



 

EMBUDO





Ella era un inmenso mar estancado; yo un simple marinero en un barco de papel.

Texto: Javier García Martínez
Imagen: Pinterest

APRENDER



Texto: Javier García Martínez
 

viernes, 30 de junio de 2017

#FINDECREATIVO02 - PROPUESTA

Aquí empieza #FindeCreativo02.

Ejercicio: escribe la imagen adjunta, con una temática libre: erotismo, misterio... Puntos destacables para desarrollar la creatividad:
-¿Qué le está leyendo?

-¿En qué época y lugar ubicarías la historia?
-¿Por qué ella está tan atenta?
-¿Por qué él no está en la bañera con ella?


En esta ocasión deberemos desarrollar el relato en una página como máximo (recordad titularlo), y podréis enviarlas hasta el próximo jueves, 6 de julio de 2017. ¿Todavía tenéis ganas de participar? ¡Adelante!




jueves, 29 de junio de 2017

SENTIMIENTO MONOCROMO


Cuando el gris roza mi espalda, intentando hacerme el amor sin más alegría que los poros de mi cuerpo exhalando tu añoranza; y pensar que esos recuerdos de arcoíris fueron los causantes de un sentimiento monocromo.

Texto: Javier García Martínez
Imagen: Pixabay

LA MEJOR CUENTACUENTOS DEL REINO - M. CARMEN CASTILLO P.

Me despertó la brusca sacudida de alguien que vociferaba: «¿De dónde habéis salido? ¿Quién sois?» Pensé que se había currado el disfraz, porque aquella peste que desprendía su aliento, aquellos dientes ennegrecidos y el olor corporal en general, no se improvisaban. Abrí los ojos como platos, recordando que me había sentado un momento junto a la chimenea de una pequeña sala, tras una jornada agotadora en el festival de fantasía épica, donde había actuado de cuentacuentos, y me había dormido. Pero aquella estancia no parecía la misma. Se veía nueva y con las paredes oscurecidas por el humo, provocado por las antorchas y las llamas del hogar. No comprendía nada.
Soy la cuentacuentos. Catalina Martínez —les dije, con voz insegura. Debía tratarse de una pesadilla.
Ya veremos quién sois —espetó aquel ser espantoso y maloliente, levantándome de un zarpazo.
Mientras me arrastraba por los corredores iluminados por antorchas, supe que no era un sueño. De alguna manera había viajado en el tiempo sin ayuda de puertas, máquinas o cabinas telefónicas. Sin abandonarme al pánico, pensé con rapidez, mientras el siervo me arrojaba a los pies del señor del castillo, un hombre de mediana edad y aspecto rudo, que me acusó de ser una espía de sus cruentos enemigos. Yo lo negué todo, y con la cabeza bien alta, defendí que era una famosa cuentacuentos, llegada para amenizar el duro invierno, cuando los combates se detenían y los días parecían interminables. El señor me analizó de pies a cabeza. Yo no iba sucia, señal inequívoca de que no procedía de un lugar lejano. Mi aplomo le gustaba y mi profesión le convenía. Decidió darme una oportunidad, pues siempre tendría tiempo de cortarme el cuello.
Aquella misma noche comencé a contar una historia en el gran salón. Era una novela, ambientada en la época medieval, que había escrito hacía años y nunca me habían publicado. Les entusiasmó. Al modo de la inteligente Scherezade, dejé el relato sin concluir, para conservar mi vida hasta el siguiente día. Cuando todo el mundo se retiró a dormir, yo me acomodé junto a la chimenea, para dormir e intentar despertar en el siglo XXI, dejando aquel lugar y a sus habitantes ansiando el final de mi historia, pero no regresé.
Sin perder la esperanza, seguí contando mi historia la siguiente noche, la concluí y comencé otra con igual éxito. Dormí junto a la chimenea cada noche, pero continué viviendo en la Edad Media, sobreviviendo en aquel mundo hostil y oliendo casi tan mal como los hoscos habitantes del castillo. Sin duda era el tipo ideal de mujer, pues era fuerte y valiente. En aquel mundo, una princesita meliflua no duraría ni un asalto. Ayudé a las mujeres en sus duras tareas y a los hombres en sofocar algunos asedios esporádicos que sufrimos antes de que llegara el frío de verdad. Cargar haces de flechas, cubos de pez y piedras para la defensa, subiendo a toda prisa los escalones hasta las almenas, era mucho mejor que una sesión de spinning.
Cuando terminé mi repertorio propio, continué con el Arcipreste de Hita, Chaucer, Bocaccio, Cervantes, Lope de Vega, Calderón y Shakaspeare. Todo aquello que sonara a medieval o renacentista me servía, y si algo no recordaba, lo inventaba, ¿quién lo iba a saber?
Poco a poco me gané una buena fama en el castillo, me premiaron con vestiduras más apropiadas que mi raído disfraz, me obsequiaron algunas joyas e incluso me dieron una estancia, que yo rechacé porque seguía durmiendo junto a la chimenea. Si seguía allí, podía morir de un resfriado, contraer la peste, el cólera o perecer en un ataque al castillo. Debía volver a mi mundo, aunque cada vez me sentía más importante en aquella comunidad. Antes era una simple empleada en una oficina gris y ahora era la mejor cuentacuentos que habían visto jamás.
Sin duda, cuando dejaron de considerarme una espía, el señor del castillo habría hecho valer sus prerrogativas conmigo, de no ser porque uno de sus caballeros, un joven al que debía la vida, se había interesado por mí. Aquel joven caballero siempre me alcanzaba una copa de vino para aclarar mi garganta antes y después de ejercer mi oficio. Se sentaba a mi lado durante las comidas y cuidaba un poco su higiene, pues sabía que eso le hacía grato a mis ojos. Finalmente, cuando se enfrentó a unos esbirros borrachos que intentaron acorralarme en los oscuros pasillos, me ganó para siempre.
Antes de llegar a las mil y una noches en aquel mundo, dejé de apostarme junto a la chimenea, para dormir con mi valiente caballero, con quien me desposé al llegar la primavera.
***
Cuando denunciaron su desaparición, buscaron por todo el castillo, por si se había accidentado entre las ruinas, pero nunca la hallaron. Pasado el tiempo, el cuñado del jefe de policía de la localidad, que era arqueólogo, le visitó en la comisaría y vio un cartel con la foto y los datos de una mujer desaparecida. Le contó que era muy curioso, pues recientemente había hallado unas tumbas en los alrededores del castillo. En una de ellas, tan elaborada que parecía de un personaje principal, yacía una tal Catalina, hija de Martín, la mejor cuentacuentos del Reino, que vivió en aquel lugar y sirvió bien a tres generaciones de señores de aquel castillo.

El jefe de policía se encogió de hombros, pensando que se trataba de una simple casualidad, y no le dio la menor importancia.


Texto: Mari Carmen Castillo Peñarrocha
Imagen: Pixabay


NOBURO - JOSE SANCHIS MEZQUITA

Despertó de manera brusca, violenta, sin respuestas. De inmediato comenzó a toser y escupir agua como si no hubiese un mañana. Durante unos instantes pensó que iba a ahogarse, aunque por suerte para ella no fue así. Recuperó el control de sí misma poco a poco, inspiró y expiró con calma hasta que su respiración se regularizó recuperando a ritmo normal.
Continuó unos instantes tumbada sobre el arenoso suelo. Dejó que sus sentidos se asentaran mientras notaba como el agua iba y venía.
«Una playa», pensó.
Se incorporó con fuerza golpeándose la frente con algo sólido. El impacto la devolvió al suelo, dejándola tumbada, entretanto se agarraba la parte dolorida.
—¡Por todos los dioses de arriba y de abajo! —maldijo entre gritos—. ¿Qué me ha golpeado? —preguntó frotándose la frente.
Levantó las manos y tanteó a oscuras buscando el motivo de su dolor de cabeza. Descubrió unas barras, que por su tacto parecían de madera, que formaban una especie de techo tan bajo que tan solo le permitían estar tumbada.
De repente se dio cuenta de que algo le faltaba.
—¡Atah! ¡Atah! —gritó—. ¿Dónde estás? ¡Atah!
La única respuesta que obtuvo fue el sonido de las olas rompiendo en la costa y llegando hasta ella en forma de líquido mensajero.
—¡Atah! —repitió con tono lastimero.
La desesperación y el miedo se apoderaron de Sansha. No sabía dónde se encontraba o cómo había llegado estuviese donde estuviese. Pero sobre todo no sabía dónde estaba Atah. La perrita no se habría alejado de su lado por voluntad propia, algo debía haberle ocurrido. Algo malo.
—¡Atah! —susurró entre gimoteos.
Detuvo su lastimera autocomplacencia y rebuscó en su interior. Lo encontró y volvió a tantear su alrededor en busca de una salida. Decidió volver a lo que conocía; los tablones del techo. Alzó las manos y desde un cenit perpendicular a su pecho, deslizó la palma por el madero descendiendo por el lateral hasta tocar la arena que se extendía por el suelo. Una llama de esperanza se encendió en su interior y repitió el mismo procedimiento por el otro lado.
—¡Una balsa! —exclamó—. Estoy debajo de una balsa volcada.
El descubrimiento le devolvió las fuerzas perdidas. Con renovada decisión y algo de maña alzó uno de los laterales al tiempo que se deslizó por debajo de uno de los costados. La clara luz de la luna le dio la bienvenida acogiéndola en una reveladora noche. El nacarado astro, grande, completo y cercano iluminaba casi tanto como el sol de mediodía. Ahora podía ver con claridad dónde se encontraba. Sí que estaba en una playa, junto a una balsa que descansaba boca arriba mostrando su panza al estrellado cielo.
No reconoció el lugar, pero sí el bastón que permanecía semienterrado a escasos metros de ella. Era su cayado, con el emblema del clan Noburo. Su clan. El orgullo afloró en su interior.
Por extraño que pareciese, la sensación de abrazar aquella arma entre sus manos, le confirió tal seguridad que de inmediato se encontró preparada para enfrentarse a cualquier adversidad.
Ahora sabía qué debía hacer.

—¡Atah! —bramó al cielo—. Estés, dónde estés voy a encontrarte y nada ni nadie va a detenerme —sentenció.


Texto: Jose Sanchis Mezquita
Imagen: Pixabay


lunes, 26 de junio de 2017

SILENCIO - ISRAEL QUEVEDO PUCHAL

Sombras, noche a raudales. Paz mentirosa tras la que se agazapa una amenaza latente. Océano de silencio roto por un lejano gemido, hastiado y débil, que promete languidecer poco a poco hasta la extenuación. Una gota, y luego otra, y otra, repiqueteando sobre alguna clase de aluminio con la constancia de un reloj que nunca para. Nívea luz de luna derramada a través de una sucia ventana, tamizada por la suciedad de unos cristales a los que nadie prestó atención en mucho tiempo.
Estiro el cuello e intento escuchar a las sombras. Sé que quieren hablarme, que lo hacen, pero también sé que no entiendo su lenguaje. Articulan un carrusel de consonantes susurradas e imposibles engranadas una tras otra, empeñadas en arrastrarse hasta lo más profundo de mi mente como una procesión de secretos inconfesables. A veces creo que se ríen de mí, pero no me molesta. Sé que algún día las entenderé.
La diosa Selene también se mofa de mi ignorancia. Ni siquiera permite que la luz de sus cabellos argénteos acaricie mis pies descalzos. Intento estirarlos, acostado como estoy, pero no logro llegar a ella. Algo parece retenerlos contra mi voluntad.
Levanto la cabeza para ver qué es lo que me impide bañarlos en su luz, pero no puedo incorporarme. Mis brazos también encuentran alguna clase de impedimento, y no entiendo por qué. No lo recuerdo.
Vencido, recuesto la cabeza sobre la almohada y clavo la mirada en el techo. Está sucio y desconchado, y el creciente velo de oscuridad hace que se asemeje a una carta geográfica de humedades y humo de cigarrillos.
La habitación huele a orín y a lejía, y no llego a decidirme sobre cuál de los dos va ganando.
Un rayo de luz perfora la noche y atraviesa los cristales sin romperlos. Recorre la pared como un cometa y desaparece engullido por las sombras. Oigo el motor de un vehículo que se esfuma con la misma rapidez con la que ha llegado. Luego vuelve el silencio, que parece haberse vuelto más consistente, como si hubiese regresado para quedarse.
La oscuridad vuelve a susurrarme, y empiezo a entender algunas de sus palabras.
«Hazlo». «Mátalos». «Ahora».
Lo que dicen no me da miedo. Las sombras lo desean, y de algún modo yo también.
Alguien abre la puerta de la habitación. Su silueta se recorta contra la luz que viene del otro lado, una luz amarillenta y triste. Una luz tan macilenta como las llagas de una enfermedad desconocida.
—¿Está dormido? —me dice la silueta del umbral. Tiene cuerpo de sombra, y no veo su rostro. Puede que no lo tenga, pero no me da miedo.
No respondo. No tengo ganas de hacerlo, al menos no como él espera. Aguardo expectante mientras las sombras me siguen hablando, y sé que solo yo las oigo. Mejor para él. Mejor para mí.
«Hazlo». «Mátale».
La silueta se aproxima hasta mí y se deja la puerta abierta. Con la luz enfermiza a sus espaldas, sigue siendo una sombra sin rostro. Llega hasta la cama sin encender ninguna otra luz, y agacha la cabeza para oír mi respiración. Lo ha hecho otras veces, y le hago creer que ya estoy dormido.
«Ahora». «Hazlo».
Le muerdo en el cuello. Lo hago con todas mis fuerzas, y siento el gusto salobre y áspero de su carne entre mis dientes, y su cálida sangre inundando mi boca.
Grita, pero casi no le oigo. El clamoroso jolgorio de las sombras convierte aquella habitación en una especie de circo romano, y eso me gusta.
El hombre cae al suelo, y saco fuerzas de no sé dónde para romper las correas que sujetan mi mano izquierda. Luego libero la derecha, y después mis piernas.
La melena de Selene, desparramada sobre el suelo de la habitación, se empapa en la sangre del gladiador vencido. Llevaba puesta una bata de medio cuerpo y pantalones blancos, y zapatos del mismo color. El rojo hará que cada vez sea menos blanca.
Me pongo de pie, y baño mis pies en la fría luz de luna y en la cálida sangre. Hermosa combinación.
Miro hacia la puerta. Odio esa luz macilenta. Me recuerda que el mundo que hay afuera es enfermizo y dañino. Ahora recuerdo por qué estoy aquí.
«Mátalos». «Ahora».
Ahora soy yo el que ríe. Las sombras siguen coreando mi nombre mientras me dirijo hacia el pasillo. Acabo de recordar que me gusta el sabor de la sangre. Casi lo había olvidado.


Texto: Israel Quevedo Puchal
Imagen: Pixabay